
Y es que hay frases que a pesar de haberlas escuchado cientos de veces, nunca hemos parado en ellas, y reflexionado sobre su contenido. Suele pasar, que lo hacemos cuando en la vida diaria algo llama nuestra atención y entonces nos situamos en ese punto en el que “toca” reflexionar... está claro no vamos a estar dándole vueltas a todo lo que hagamos, ¿no?.
Resulta que hoy una serie de sucesos diarios me han hecho pararme a pensar en esta frase. Cada cosa a su tiempo. Cinco palabras que engañan con su simpleza, pero que en el interior poseen un secreto... Ese intento constante de la sociedad de enseñarnos como vivir. Cierto es, esas cinco palabras, pueden servirnos de guía en muchas ocasiones.
Quizás entre los 14 y 25 años, o entre los 13 y los 30, la verdad, no lo puedo saber... estamos en continuo cambio. Nos afianzamos como personas. Es cierto que a lo largo de la vida no dejamos de evolucionar, que no es exactamente cambiar. Pero considero que durante esos años establecemos cambios continuos, en nuestros pensamientos, en nuestros ideales, en nuestra manera de vivir. Cambios que muchas veces son evolutivos, necesarios. La experiencia nos otorga una serie de privilegios que nos hacen ver las cosas desde otro punto de vista; uno más coherente, más sensato. Cuanto mayores nos hacemos tenemos más responsabilidades, la experiencia nos da los instrumentos para lidiar con esas responsabilidades. Cuanto mayores nos hacemos... se nos va marchitando la juventud. Dejamos de hacer estupideces, o no hacemos tantas. Desplazamos nuestros intereses. Abandonamos aficiones y creamos nuevas. Todo esto no viene dado al azar. No es un simple proceso que sucede por que sí, que la edad impone. Sino que se nos ofrece la posibilidad de cometer menos errores. Controlar más nuestras vidas... para hacer frente a esas responsabilidades.
Dieciocho años es una edad complicada. Siendo consciente de las estupideces que cometemos, las seguimos haciendo. Y contra toda nuestra filosofía, actuamos de forma incongruente muchas veces. Nuestros pensamientos y nuestros actos a menudo no coinciden. Empezamos a ser conscientes de que ya tenemos una edad, pero no abandonamos nuestros actos, a veces, quinceañeros. Y es que además de ser conscientes de esto que estoy escribiendo, también lo somos de que estamos en una edad que nos permite darnos el privilegio de precisamente cometer estupideces (sin abusar). Porque quizás el “vive el momento”, “el carpe diem”, el sentirnos autorrealizados por actividades de placer... se vaya agotando. Y si no lo has disfrutado ya, entonces ya no lo harás más con las mismas ganas.
Cada cosa a su tiempo dicen... ¿y tienen razón?