lunes, 31 de enero de 2011

Triste teoría de consecución de fines carente de toda base científica, basada puramente en todo eso que se sabe sin saber por qué.

Pues, no se dirá ninguna mentira, y por supuesto, ninguna verdad.

Creer en el destino es demasiado fácil; creer en las casualidades, demasiado difícil. Creer en el karma es demasiado ambiguo, y creer en Dios... es creer demasiado. Pero parece que hay que creer en algo. Creer para contestar de un modo relativo e individual a esos interrogantes en búsqueda de respuestas aún de aire.
Yo creo en creer, y es en lo único que creo.

Podemos creer que la mayoría de los hombres que actúan de un modo correcto, entendiéndose “correcto” como “moral”, o lo que cada sociedad entienda como tal, suelen recibir una recompensa pagada de varias maneras a lo largo de su vida, ya sea logrando metas, o en forma de banal alegría pasajera. Los que, sin embargo, actúan de un modo incorrecto pagan en algún momento de su vida lo que han hecho, de una forma u otra, por medio de la justicia o de la conciencia, a corto o largo plazo, pero lo acaban pagando, siempre. Las cosas buenas nos persiguen, y las malas también. Los esfuerzos suelen ser recompensados y las oportunidades perdidas suelen ser, como tales, “pérdidas” de tiempo. La gente generosa suele sentir la generosidad. La gente egoísta suele ser solitaria. La gente que trabaja mucho suele superar metas, la gente que hace el vago no sabe lo que es sentir un logro de verdad. Y es aquí donde quería hacer un llamamiento a un conocido psicólogo muy malinterpretado: Wundt. Quería hacerle alusión a él y a su Voluntarismo, en particular a su concepto de “atención”. A la gente generosa le interesa la generosidad como a la gente cariñosa le interesa el cariño de los demás. A la gente trabajadora le interesa la satisfacción que conlleva un logro, como a la gente ahorradora le interesa comprarse una gran casa. Somos lo que hacemos, por eso actuamos de distintas maneras, según la persona, según la situación, según el momento... y según nuestros intereses personales. Me fijo en lo que me interesa. Si alguien es muy generoso conmigo lo valoraré, y yo tenderé a ser generoso también, al igual que si soy generoso es porque me interesa la generosidad y me fijaré si lo son conmigo. Si me esfuerzo mucho para algo, me interesa cumplir metas y me doy bien cuenta cuando las alcanzo. Es por eso que cumplimos con la recurrente frase de “si se hace el bien, se recibe el bien”, porque el “Bien”, es lo que cada uno entiende como tal, en lo que cada cual presta atención. Y lo mismo ocurre con el Mal. Si robas mucho dinero eres consciente de que no estás actuando “bien”, sin embargo lo haces. El ir a la cárcel, por ejemplo, es pues una opción barajable. Estás prestando atención al dinero, que es lo que realmente te interesa, pero sin dejar de lado el simple hecho de “estoy infringiendo la ley”, de donde vienen luego las consecuencias, las cuales notamos porque SABEMOS el riesgo al que nos atuvimos en su momento. Por tanto fijamos nuestra atención en ese hecho, el cual nos persigue siempre.
Lo bueno y lo malo, entendidos de una forma más individual que colectiva, son creados en uno mismo, confeccionados y amasados a partir de la atención que prestemos a los actos en conjunción con nuestros intereses: si nos interesa el bien, notaremos el bien cuando llegue. Si nos interesa el mal, notaremos pues el mal cuando le toque llegar.

Pero quiero irme un poco más allá. Alejarme del Bien y del Mal, que son conceptos que acarrean consigo muchas connotaciones relacionadas con otros aspectos como la cultura. Quiero centrarme en por qué algo ocurre de una manera en un momento dado y no de otra. Por qué las cosas salen muy mal, y de repente muy bien. Por qué la suerte parece ser a veces lo único que sustenta nuestra vida. Por qué las circunstancias son tan importantes, mucho más que nuestros pocos actos. Todo parece ir relacionado con el azar, la casualidad. La casualidad, un concepto que ojalá pudiera entender algún día. Por ejemplo, casualmente me enamoro de la persona equivocada, pero casualmente eso me sirve para darme cuenta que no era lo que yo estaba buscando y casualmente, también, aparece al tiempo alguien que casualmente me hace feliz.
Creo que existe una especie de fuerza, no hablo del Destino, sino de algo mucho más terrenal, más real, que creo, y vuelvo a creer, que algún día se podrá interpretar en forma de ecuación matemática. Hago A y el resultado es B, pero no me sirve como aprendizaje ese resultado no deseado, ya que posteriormente hago B, pero como la situación es distinta, la solución ya ha cambiado. Y vuelvo a fallar. Cuando “se alinean los planetas”, expresión tan conocida, parece que A da A y B da B. Entonces las cosas salen bien. Parece, por mera probabilidad, que es mucho más fácil que las cosas salgan mal a que salgan bien, ya que no existen solo A y B, sino que hay infinitas letras que representan las posibles soluciones a la ecuación, por tanto que coincidan no es tan fácil. Sin embargo, quizás mi resultado deseado para A, sea A, pero... ¿con el poco dominio que tenemos de las circunstancias, realmente lo deseado es A? Quizás en un principio pueda parecer, pero más tarde nos podemos dar cuenta de que realmente habría sido mejor B. Entonces ¿dónde está el equilibrio entre lo que de verdad nos gustaría como resultado y lo que hacemos para obtener un resultado esperado? Más que el equilibrio, ¿donde se encuentra esa relación, qué establece ese patrón?. Me remonto otra vez a la atención. Si esperamos A, B será desfavorable. Pero si no esperamos nada quizás B sea mucho mejor que A. Prestamos atención a cosas que resultan no ser tan buenas para nosotros, y pasamos por alto otras que quizás sean la clave para encontrar el bienestar, o la siempre deseada felicidad, la cual considero pasajera y en gran medida alimentada de factores negativos para poder hacerse sentir. Eso significaría que un hecho desfavorable, alimenta a uno favorable. Entonces la ecuación A igual a B, pasa de ser desfavorable a ser favorable, no en sí misma, sino favorable para alimentar la felicidad, para hacerla notar.

En fin, entre tanto concepto, tan ambiguo, tan liado, es evidente que no se puede sacar apenas una teoría clara. Pero mi intención no es ofrecer respuestas, sino pequeñas ideas, que me hagan creer en creer, y así poco a poco, ir creyendo en que es posible una explicación, y con ello, una respuesta.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Soledad dos puntos

1. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
2. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Curioso que las definiciones oficiales de los diccionarios rara vez coincidan con lo que realmente significa una palabra para cada cual. Sobre todo en lo referido a los sentimientos, a las emociones, a todas esas cosas que se nos escapan y que todos hemos vivido de formas diferentes. Soledad, normalmente este término posee más carga negativa que positiva. Aunque hay gente que disfruta de estar sola... pero ¿es eso lo mismo que disfrutar de la Soledad? Parece que ya la palabra en sí arrastre consigo un significado negativo.
¿Qué es para mi la soledad? Bien, yo lo tengo claro. Y no coincide, como era de esperar, con ninguna de las acepciones anteriores. Para mi la soledad es mucho más que la carencia de compañía, al fin y al cabo puedes estar rodeado de gente y sentirte completamente solo. Para mi la soledad es mucho más que ese pesar por la pérdida de alguien... que eso pueda desencadenar sentimientos de soledad no significa que eso sea en sí la soledad.
Por tanto me parece una definición pésima, aún así respetable, pues yo misma no puedo ofrecer una definición mejor, no de forma objetiva. Pero lo que escribo ahora no pretende en ningún momento ser objetivo, al contrario, es mi opinión, mi definición, la asignación de mi propia acepción, según mi punto de vista, a un concepto real.
Y bien...

La soledad es hablar y que nadie escuche realmente lo que quieres decir, la soledad es mirar a tu lado y no hallar ninguna mirada cómplice, la soledad es no disfrutar de un abrazo cálido, no tener a nadie CON quien querer; la soledad es la incomprensión ajena, la indiferencia, la búsqueda continua de un sitio, tú sitio. La soledad es no encontrarse, y que en definitiva, no te encuentre nadie.

Discrepo que sea una buena definición para incluirla en el diccionario de la R.A.E., pero al fin y al cabo, un diccionario no entiende de experiencias personales, de errores cometidos, de tiempo, de distancia... No hay nadie como uno mismo para establecer sus propios significados, el por qué de sus actos, y en definitiva, el sentido de su propia vida; eso es trabajo de uno mismo, y de nadie más.
Una tarea que se realiza solo, no en soledad.


(Me alegra saber que no me considero ejemplo de esa acepción, al menos no en este momento) :)

jueves, 9 de diciembre de 2010

Navidismo

Principios de Diciembre en Barcelona. Caminaba tranquilamente por el ensanche, bajando hasta la Gran Vía de las cortes catalanas y llegando hasta Paseo de Gracia. Me dedicaba tan sólo a observar: la gente, las tiendas... y como no, el entramado de luces de Navidad que alumbraban las calles a compás con el frío viento que combatía mi bufanda. Todo lleno de adornos en las puertas de los establecimientos, cada bar con su respectivó abeto navideño. No había más que indicadores, advertencias, por si alguien aún no se había dado cuenta, de que llegaba la Navidad.
Es curioso, el día del nacimiento de Jesús le corresponde al 25 de Dicimebre, pero evidentemente, la importancia de todo este ritual navideño se ha convertido en mucho más que ese acontecimiento. La Navidad significa invierno, turrón, adornos, chimeneas, regalos, y toda esa parafernalia yanquie de papanoel, y toda la cultura cristiana de los reyes magos, y todo el legado ancestral que dictamina estar con la familia en esas fechas; en definitiva, un cúmulo de influencias de todas partes, que conlleva mucha historia y que es absolutamente sagrado, considerado una época de amor y felicidad para muchos, y oportunismo consumista, para otros.
Realmente aquí era donde quería llegar. Mientras caminaba por una de las tantas calles de Barcelona, vi algo que me hizo pararme en seco: unas luces de Navidad decoraban toda una larga calle, compitiendo con las farolas que alumbraban aún más sus esquinas, eran sencillas, de dos colores, las bombillas no eran muy grandes, dibujaban una especie de cuadrado blanco, y justo en el centro, vestida de rojo, se dibujaba la silueta de una bolsa estereotipada, con sus perfectas asas y su cuerpo rectangular. Cientos de bolsas alumbrando la calle, cientos de bolsas metaforizando la Navidad, cientos de bolsas desde lo alto mirándome con arrogancia, y riéndose de cada una de las personas que pasaba por allí. La Navidad en una bolsa, señores. Y bien... Dónde ha quedado el niño Jesús? y los tres reyes Magos? y todo el significado religioso y familiar que cargaba estas fechas? Incluso la influencia de la Cocacola vistiendo al famoso Papanoel de rojo? Dónde a quedado la sutileza del publicista? Se ha perdido en otoño, escondido debajo de las hojas; y ahora sólo queda la simplicidad.
Ya no hay nada más que esconder: consumid ciudadanos, que llega la Navidad.
Un abeto, muérdago, bolas de colores, nieve, gorros de lana, bufandas, turrón, luces... todo una estrategia, un mecanismo que hace movilizarse a cada uno de nosotros hacia el interior de todas esas materializadas Navidades creadas en cada establecimiento. Porque lo peor de todo, es realmente la respuesta a todo esto: cientos de personas en un ir y venir, cargados de bolsas, (estas también con decorado navideño, claro) chocando entre ellos y hablando y riendo, como si la Crisis no fuera con ellos, sumergidos en el oportunismo de las marcas que lucen un "Merry Christmast", propiciando nada menos que un "Navidismo" y sustituyendo el sentimiento real de la Navidad, el calor humano, la familia, la solidaridad... y todos esos grandes valores que te venden las tiendas envueltos en papel de regalo, metidos en bolsas del Corteinglés.
Grandes valores de plástico, de papel, de mentira.

viernes, 8 de octubre de 2010

There's some people you just can't trust.

No me gusta nada escribir con rabia. Las palabras quedan sucias, cargadas, espesas, llenas de odio. No me gusta nada el odio. Por eso he esperado, creo que por primera vez, he dejado las lágrimas brotar y entremezclarse con el agua de la ducha, mientras se perdían por el desagüe, olvidadas, por última vez vistas. Ojalá pudieramos hacer eso con algunos recuerdos, simplemente extirparlos de la cabeza, y dejar que se escurran por los ojos, uno a uno. Recuerdos perdidos, muertos. Recuerdos de desagüe.
Siempre he dicho que es de poco inteligentes ahogarse dos veces en el mismo mar. Un mar que ya conoces, que ya controlas sus aguas, sus mareas; controlas el filo de sus olas, la espuma que acecha dispuesta a devorarte, sus peces de colores, sus arenas eternas. Aún así a veces se actúa con la parte incorrecta del cerebro. El carro alado que mencionaba Platón se precipita contra el suelo, se rompe, se deshace y nosotros nos deshacemos con él, como parte de un todo.
Humillación. Creo que no hay otra palabra que lo defina mejor. Lo peor: la total y absoluta pérdida de tiempo, de ganas. Cariño regalado, ensuciado y derrochado.
Y ahora lo de siempre, cerrar los ojos y volar. Acumular detalles, vivir de ellos; asumir que la gente, al fin y al cabo, no mira más allá de su propio ombligo. Y por supuesto, esperar con mucha paciencia, esperar que por fin, el tiempo ponga a cada uno donde tiene que estar, donde se merece estar.

martes, 17 de agosto de 2010

El retrato de Dorian Grey.

"-¿Crees que soy tan superficial?- exclamó Dorian Grey irritado
-No; te creo muy profundo.
-¿Qué quieres decir?
-Mi querido amigo: los que no aman más que una vez en su vida son los verdaderos superficiales. Lo que ellos llaman su lealtad y su fidelidad lo llamo yo sopor de la costumbre o falta de imaginación en ellos. La fidelidad es a la vida emocional lo que la estabilidad es a la vida intelectual: una simple confesión de fracasos ¡La fidelidad! Algún día la analizaré. La pasión de la propiedad se halla en ella. Hay muchas cosas que abandonariamos si no temiéramos que otros pudieran recogerlas."

lunes, 2 de agosto de 2010

Viajes.

Al bajar del taxi la energía fluía por mis conductos sanguíneos, no estaba emocionada por tener que acinarme en un autocar de mala muerte, ocho eternas horas, hasta llegar a Madrid... pero al menos me sentía bien, capaz, vital. Con un sprite sobraba, ya cenaría más tarde... llevaba una semana comiendo y durmiendo fatal, por una noche más no iba a pasar nada.
Creo que lo que más me cuesta conseguir es la tranquilidad, la despreocupación. Y es curioso que la mayoría de las veces que lo consigo, físicamente no estoy al cien por cien, supongo que por pura desgana, me siento libre y calmada. Otras veces, poquitas, esa energía fluye y a la vez está en armonía con el mundo; entonces sí, me siento bien, despierta, tranquila y feliz.
El caso, y a donde quiero llegar, al subir al autocar comenzaron las perturbaciones... claro está, no podía llegar a mi minúsculo asiento sin que alguien molestara mi camino. "Quita del puto pasillo". (¿Cuántas cosas pensamos y no decimos verdad?) Mi vitalidad se manifestó en una pequeña descarga de rabia: me molestaba el padre en su postura paterfamilias sentando a sus hijos e impidiendo el paso al resto de los pasajeros; me molestaban los niños impacientes, y la madre sumisa y obediente. Entre estado y estado de ánimo, me asaltó una chispa de curiosidad... el ochenta por ciento de los pasajeros eran extranjeros... no le di más vueltas.
El dolor de cadera me impidió dormir la primera hora, y la segunda, y la gran parte de las seis horas siguientes, aunque creo que en una ocasión me dormí estando despierta, (es posible, fuera bromas).
Mi vitalidad finalmente decidió coger la puerta y largarse. Así que, en efecto, sólo quedó mi mal humor, a caballo de un rotundo cansancio. Se me cerraban los ojos en la espera por coger el billete. A la gente le parecía una buena idea colarse, "respeta tu puto turno sudaca de mierda" "ah, no, perdón"; a mi cuerpo le parecía una buena idea quedarse quieto, callado, hasta que por fin decidieran atenderle. (Repito, cuantas cosas se piensan, y no se dicen.) En fin, espero cuarenta minutos en vano, estaba en la estación equivocada, tocaba pillar metro. Mi cansancio ni siquiera ya dejaba paso al mal humor. Sólo captaba la imagen de una mullida cama llena de cojines de colores donde dormir horas y horas. Así es que me costaba enfocar las líneas del metro. Y vuelta a confundirme, una hora encima del metro. No está mal. Pero aquí quería pararme un poco. Me arrepentí de no tener en ese momento un papel y un boli para describir lo que sentía en ese mismo momento. Afortunadamente me acuerdo con mucha claridad: cada sonido repetitivo me taladraba el cerebro y se me entremezclaba con el resto de rutinarios ruidos que subían de tono en lo más hondo de mi cabeza. Una señora abanicándose, una chica mascando chicle, un señor pasando las hojas del periódico mientras se mojaba el dedo con la abundante saliba que desprendia su suntuosa, y no precisamente agradable, lengua; un temblor de pierna y una estruondosa respiración fuerte. Mi cabeza iba a explotar. Me parecía realmente acojonante, que parecía ser la única persona de todo el metro que reparaba en todos esos desagradables sonidos, y que sintiera unas ganas atroces de volarle la cabeza a la señora del abanico. Era como si el mundo real se hubiera troceado, separándome los sonidos, de las imágenes e incluso de los colores mismos. Todo parecía irreal y mi cansancio ya era equiparable a la rabia contenida "¿era la única que sentía eso?". Reflexioné un instante sobre mi instinto violento y mi jodida incapacidad de encontrarme tranquila y agusto. Al mismo tiempo me sentí orgullosa de lo bien que mantuve la compostura: mi imaginación explotaba el metro en mil pedazos, mi cuerpo se mantenía quieto, paciente, evitando las miradas fulminantes de los impresionados, quizás por mi atuendo, quizás cabilando sobre mi procedencia y la cantidad de bultos que llevaba conmigo.
Por fin llegué a Mendez Álvaro. Y a la consigna. Y a la taquilla.Y a la taquilla correcta. Y a Plaza España, donde me quedé profundamente dormida durante veinte eternos minutos, mientras varios grupos de japoneses madrugadores me fotografiaban como parte del monumeno.Maldita sea,ahora estaría en cincuenta mil facebook chinos. La verdad... me importaba lo más mínimo. Como no me importaba estar despendolada en medio de un jardín a las ocho de la mañana sin tener ni idea de donde ir. Reflexioné también entonces, realmente me importa bien poco lo que la gente piense de mí, al menos de ese modo. Decidí que estaba lo suficientemente incómoda como para irme de ahí.Así que un poco de Gran Vía, otropoco del Retiro, Museo del Prado, Ópera, Atocha, en búsqueda del Petit bristol, al cual antes de llegar ya sabía que iba a estar cerrado. Me tocó tirar de Burguer. Y después de hincharme a comida basura y gelatina de cola rebajada con agua, decidí que Madrid seguía sin convencerme. Es una sensación extraña... como si pudiera verme desde un satélite encerrada entre fronteras y campos inmensos de tierra... necesitaba mar, olor a sal. Ya volvería en otro momento de mi vida.
Un poco más despierta y otro poco más dormida, esperé al siguiente bus hacia Córdoba. Esta vez fue un niño pequeño el encargado de perturbar mi cabeza, entre lloros y su elegante manera de comer un chupachups. Por lo demás el viaje fue más ameno, conseguí sumergirme en la lectura y dormir al menos una hora.
El calor de Córdoba me trajo el recuerdo de hace dos años. También lo hizo la estación y sobre todo las miradas de la gente, olvidaba que ya no estaba en Barcelona, ni en Madrid, aquí a la gente le sorprenden unos labios rojos y un peto sin camiseta debajo, claro. También un bolso atiborrado de libros, una bolsa de plástico y una maleta cargada; una patosa intentando colocarse las gafas de sol, totalmente despeinada y tanteando en busca del móvil.
Con mi hermano a mi lado se me quitó el cansancio, el sueño. Me olvidé de la gente. Sonreí. Su casa llena de cds, su manía por cocinar platos extravagantes a cualquier hora, cualquier día; sus guías de tropecientos países, y sus maquetas, y su mapa del mundo marcado con chinchetas de todas las personas procedentes de cada país a los que le dejaron su sofá, mochileros, dejados a su suerte. Su vecina lesbiana, y sus insultos hacia mis pintas.

Que le echaba de menos de eso no cabía la menor duda, por fin una persona que podía comprenderme, entre tanta gente.

domingo, 25 de julio de 2010

Emociones paralelas

Los momentos brillan, son nítidos y claros.
Los cojo, bailo con ellos, los miro y los vivo, uno a uno.
Me llenan de vida, contagiándome alegría inquieta, con miedo de ser efímera, con miedo de resbalar entre las yemas de mis dedos y esfumarse.
Comodidad variable, felicidad cobarde.
Duermo y sueño, y al despertar me abruma una oleada de oscuridad, el sueño se ha acabado y estoy echada en mi cama con todo en mi mano... pero el sueño... el sueño se ha acabado. Es ese miedo, el miedo estúpido e injusto, de que de un momento a otro, se derrumben uno a uno los ladrillos que tanto me ha costado construir. Supongo que ese miedo, es necesario, y de un modo u otro, alimenta esta alegría llena de luz, llena de mar, de sal, de sonrisas largas y dosis profundas de carcajadas variables.