lunes, 7 de diciembre de 2015

CAPÍTULO 1: PETRÍSCOLE


Asumió Petríscole que su fin último era poseer a Poder. Se dio cuenta que al quitar todas las capas, sólo quedaba Poder, con su prepotencia y su despotismo, desnudo, con un gran pene. Y sólo quería que le penetrara hasta hacerse uno y fundirse en un éxtasis de amor egoico. Estuvo tiempo ciego por Éxito. Es que Éxito era mucho Éxito, se la ponía bien dura cuando conseguía dominarlo.  Sin embargo no podía resistirse a Amor, era su pecado más grande, serle infiel al tremendo de Éxito con el inestable e irracional de Amor. Tanto tiempo cegado por la magia de estos dos, y ¡joder, que craso error de Petríscole! En esencia sólo deseaba a Poder. Se podría decir que a Amor y Éxito los quería en términos de dominancia unilateral. A poder lo quería con todo su esplendor, con sus venas hinchadas y sus respiraciones fuertes y entrecortadas, quería cada pelo y ansia de escupitajo, lo deseaba y ansiaba tanto que no le importaba morir por él. 
Petríscole, cegado por la inminente luz de la verdad, enmudeció.





(Continuará...)

domingo, 11 de octubre de 2015

No sé, quizás, y puede ser.


No sé, quizás, y puede ser, las sombras fueron la condición reverberante para quedarme ahora embelesada con tanta luz de vida.
No sé, quizás, y puede ser, me he ido escondiendo retirando miradas, que ahora me queman las gotas saladas de un contacto entre pupilas. 
No sé, quizás, y puede ser, he enloquecido entre paredes que las he llegado a demoler, dejando al descubierto mis pedazos.  Minúsculos fragmentos tejidos con hilo rojo.
No sé... 

Quizás...

Puede ser que haya sido perder el miedo a sentir dolor. O perderme mil veces y encontrar al final sentido. Ir cosiendo con la retórica una historia de casualidades perfectas que trascienden de lo mundano, sibilinas, jugando con mi histrionismo a ser parte de un plan cósmico. Mi plan. 
Y quizás, pero no lo sé... 
las nubes rojas tienen sabor, y las calles mojadas llueven al revés al pasar rodando sobre ellas. Las líneas irregulares de allá arriba las conforman los tejados de colores, cortando el cielo con soberbia, delineando un espacio de movimiento y acción que desde lo más alto de la noria nos convierte en seres minúsculos e insignificantes.


No sé, quizás, y puede ser... amo más la vida desde que te hiciste aparecer.


viernes, 9 de octubre de 2015

Hogar.

Y se me ocurre lo indispensable que es la atmósfera de la vivienda. La gente cambia de casa y focaliza su cambio en un nuevo apartamento. Sin embargo el entramado emocional y psicológico que se crea va mucho mas allá. Somos energía acumulada en un talonario de inputs vitales que segregan hábitos de pensamiento destinados a evidenciarse en la acción. Y entonces imitamos, entonces proyectamos, idealizamos lo que nos gustaría ser, nos masturbamos. En la repetición se encuentra el aprendizaje y veinte mil veces tres te hará encontrar triángulos en cada esquina. Si el muro de azulejos morados se sustituye por un sofá amarillo de cuero, de repente, cambias de idea. Y es sencillo de entender. Una vivienda te acompaña, te refugia, te consuela. Las paredes comparten tus lágrimas y tus carcajadas. Y a diferencia de otros, lo ven todo. Acostumbrarse a ver el muro de otro color significa cambio. Y lo interesante es que va mas allá de un muro. ¿Cuantas cosas hacemos entre paredes que jamás hemos mostrado un ápice de parecer llegar a hacer?. ¿Cuántas excusas necesitaríamos para explicar todo lo que tienen que explicar ellas? Plagadas de energías, y conocedoras de múltiples pensamientos. Quizás ellas serían las más flexibles. Por entender de alguna manera cada mente dispuesta a su saber. Y con este escrito dignifico la apreciación a la vivienda esperando de alguna manera quedarme exenta de pretenciosas descripciones sobre la sensibilización con el espacio, como si eso tuviera que ser normal, o aparentemente normal. Y es que aparentemente somos muchas cosas. Soy. Soy. Soy. Y no tenemos ni idea de lo que somos. Y ya me iba por las ramas así que vuelvo a mi suelo, mi techo, mis luces y mis lamparas. Si me voy a dormir cada día con un espacio perfecto para la acción, esta será bienvenida, y llegará brillante entre vítores y aplausos. Espeluznantemente atrevida, segura, y preciosa. Y los fantasmas de mi casa son mis propios fantasmas. Y sus escondites están en donde la casa decida. Con sus recovecos pensados para almas como la suya. Así que quien ose decir que el espacio se puede eludir no sabe quien es. Y el tiempo se le escurre entre los dedos, como la lluvia agrieta el cemento con cada gota de mal tiempo.



jueves, 14 de mayo de 2015

Tu mirada valiente.





Valiente,
¿Dónde están tus ojos?
anhelo una mirada diáfana.
Busco activamente tu virtud, 
en esta visicitud impredecible.

Una pausa,
 en el tiempo y calor en las retinas.
Y ya atinas a saber que mi mirada valiente también tiene miedo.
Y miro dentro y veo amor en estado etéreo,
arreboles 
cósmicos 
difuminan los costados.
Rompemos la membrana que impone resistencia a ser atravesada.
Membrana que esconde la envidia, la ira y el temor pesado.
Membrana fina, frágil, que se deshace al sostener la mirada.

Mírame, muéstrame verdad.
Que ansío la belleza de lo puro,
y juro,
que jamás había visto tanta pureza.

No hay miedo si se muestra, si se sostienen las pupilas.
El alma se revuelca y tumbada es, solamente.

Eres el fulgor de la naturaleza...
Y es curioso ver de vez en cuando, atisbos de miedo en tus retinas.

Como una canción repetida...
latiendo en tus ojos al son de tu meliflua sonrisa.

Mírame, valiente bocanada de vida.






sábado, 14 de marzo de 2015

CARIZ CUCURBITÁCEO, ESCRITURA AUTOMÁTICA.


Acostumbrándome a la dicha de la visicitud, a los diáfanos caminos que resultan cuando mi historia es un vodevil más que una elegía, llenándolo todo de macondos y permitiéndome vislumbrar los arreboles que tiñen el cielo de sangre. Me mantengo en movimiento alimentándome de quiméricas ilusiones al son del céfiro, el mismo que me revuelve el cabello. Nadando en retruécanos de opuestos binarios que conforman el núcleo de mi fragmentado ser. Inefables serindipias de baladíes, carencia de boatos, a veces me nublan sibilinos mantos de incertidumbre, otras siento en el puerperio el sentido, epifanías iridiscentes, dónde encuentro vida. Es entonces cuando oigo ráfagas melifluas y además de color descubro sonido, me vuelvo inmarcesible como un tulipán seco, descansando para siempre entre las hojas de algún libro lleno de historias. 
Éterea. Inmanente.  

martes, 10 de marzo de 2015

EL FRUTO DEL ABURRIMIENTO ES SABROSO Y DULCE, POR FRUTO.





















El aburrimiento a veces nos conduce a estados desacostumbrados y por tanto interesantes, que merecen mucha más atención de la que se les concede.
El aburrimiento está infravalorado. Es simplemente un inicio, un estado de vacío agrio que conscientemente parece no podemos llenar pero que sin darnos cuenta puede ser cubierto por cualquier contingencia que nos otorgue el ambiente, o quizás, un input endógeno, al fin y al cabo el mundo está en movimiento pero nuestro corazón, nuestro riego sanguíneo, nuestro cerebro también lo están. Todos los poros de nuestro cuerpo están en movimiento. Y el movimiento es vida. Si consideramos el aburrimiento como la puerta a un sinfín de posibilidades, que sin buscarlas llegan solas, entonces el aburrimiento se transforma. Se sucede una nueva fase rica y aprovechable, dónde a veces se encuentran esas perlitas estéticas que tan bien quedan en los sueños. Te sensibilizas. Sales de tu personaje. Acallas la voz acostumbrada de tu cabeza y te limitas a recibir, observar realmente lo que pasa y dejarte afectar por ello. El resultado es que se activa la imaginación, se activa el potencial creativo y de repente, pasa algo. O mejor dicho, entiendes que "no pase nada", es algo, es muchísimo, es todo si miras de verdad. 

Estando yo aburrida en la tienda, leyendo textos en diagonal, recogiendo perchas, patinando por el suelo y mirándome fijamente en el espejo, entre otros, me atacó el ictus del aburrimiento. Mi cabeza me dijo: Lara, me aburres. Y entonces, metapensando que mi cabeza me estaba diciendo eso y por eso me estaba aburriendo, me di cuenta que no. No fucking way. No hay cabeza y no hay Lara. Sólo un productor y receptor completísimo, activo, dispuesto a sentirse bien y para ello tiene un abanico de inputs a su alrededor de los que se puede alimentar a su aire. Y me paré. Me quedé quieta. Apoyada en la mesa. Empecé a mirar que podía apaciguar mi hastío, que podía despertarme y colocarme ahí. Justo. Dónde. Estaba. 

"Y así pasan los días... y yo... desesperado... y tú..." Y entran dos chicas. Una de ellas viste un chandal gris, lleva el pantalón drásticamente por debajo de la cadera... Que sí... que siempre he pensado que son sexys los músculos de la pelvis, pero esto pule los límites de la sutilidad. Se caga encima de ellos, de hecho. La capucha de la sudadera tiene un detalle vistoso, es roja... es rara, es pocha. Las zapatillas son enormes. Tiene rapado el lado derecho y de su brazo cuelga una riñonera negra. Me da biruji esta mujer. La otra es totalmente distinta. Vaqueros, camiseta lisa, americana, pelo liso media melena, facciones simétricas. Podría ser cualquiera. Me divierto con el contraste. No puedo evitar imaginar una escena sexual entre las dos. Igual son amigas. Caminan tocando mucho los vestidos, sobre todo XUNGA. CUALQUIERA se ve atraída por un vestido verde de gaviotas blancas. El típico. Claro. XUNGA coge un vestido negro con tutú. Se acaba la canción de Nat King Cole y suena el maldito anuncio del Zatu del Spotify. La banda sonora perfecta para XUNGA. Risa. Mi juicio ya está maquinando la tercera guerra mundial. Para mí ya son dos personajes perfectos...
La sorpresa vino cuando, saliendo de la tienda, XUNGA parafraseó un diálogo de "Mad Men" mientras CUALQUIERA sostenía en la mano mi vestido favorito de la tienda. Joder. Qué acierto. XUNGA no sólo ha visto Mad Men, sino que se sabe algún diálogo y además ha sabido relacionar fácilmente el estilo del vestido con la serie, lo que yo misma hice al verlo.

Y de pronto... ahí estaba como por arte de magia. La sonrisa dibujada al observar tal simbólica escena dándome en unos segundos una lección a mi misma. Una sonrisa verdadera, relajada. No sentía tensión alguna en las comisuras de los labios, la sonrisa sólo estaba ahí, presente. La serotonina estaba haciendo bien su trabajo y cada músculo estaba en la posición correcta. No había esfuerzo. Estaba ahí porque tenía que estar. Y brillaba, porque no dudaba en estar ahí. Sólo estaba. Ahí. Quietita...
Algo me distrajo y la hizo desaparecer. Volví a probar después de un rato y aunque con menos luz, seguía ahí.
Y otra vez.
Perdía calor pero seguía sintiéndola cálida. No pude evitar mirarme al espejo para deleitar a mi iris de semejante creación. Y aunque pensé perdería fuerza, la pude observar latir.


La sonrisa más sincera y dulce, estaba ahí. (Por semejante chorrada).
Ahí. Sin querer.
Y sigue aquí.


(Como una vela con la cera gastada acabó apagándose por completo).





NOTA A PEUUUUUUUU DE CREUUUUUU -
Aburrir proviene del latín "abhorrēre", algunas lenguas etimofílicas dicen que significa literalmente "algo que no pone los pelos de punta". Según esta etimología la mayoría de las cosas que hacemos por tanto serían aburridas. Por eso me gusta más la otra posibilidad que se ofrece: ab- por si sólo significa ausencia, vacío. Así que ab-horrore significaría "miedo al vacío". 

Cuando dejas de temer, rechazar, juzgar ese vacío... empiezas a encontrar sentido.





miércoles, 4 de febrero de 2015

CONCURSO ROMÁNTICO FANTÁSTICO JUVENIL.

CAPÍTULO 1.




Los electrodos ya me habían avisado de que me iba a enamorar de ella. Cuando tenía tan sólo 6 años mis padres aceptaron que participara en el estudio neurológico de predicción de comportamiento. Me sometieron a una serie de pruebas de neuroimagen que a partir de mi actividad neuronal predecían mi posible conducta futura. No leí esos informes hasta que cumplí 16 años. Mi madre me sentó en la mesa de la cocina y me explicó que era normal que tuviera una adolescencia dificultosa ya que según habían predicho los informes neuropsicológicos era una persona con necesidad afectiva y dependencia emocional, tenía dificultades para controlar mis impulsos, al parecer el lóbulo frontal tenía algo que ver en todo esto: tardaría más de lo normal en desarrollarse. Pensaba que esta sensibilidad patológica explicaba muchos de los pensamientos que tenía que no me atrevía a compartir con nadie. Me entró un miedo atroz, porque si esos informes estaban en lo cierto me esperaban años depresivos, tendría que ir con mucho cuidado con lo que sentía, o por lo menos con lo que dejaba ver que sentía ya que mis padres tenían grandes expectativas en mí, habían pagado mucho dinero por esos informes, y teniendo una información privilegiada que no muchos podían adquirir tenía que actuar en consecuencia. A mí me parecía que era como hacer trampas. Hacer trampas en el juego de la vida para ir con ventaja. Me cuestionaba si esa información realmente me ayudaba, pero claro tenía 16 años, yo que iba a saber entonces.

Recuerdo perfectamente el primer día que la vi. Fue el lunes 19 de Enero, Blue Monday, según decían las noticias era el día más triste del año. Al parecer unos investigadores de la Universidad de Illinois llevaron a cabo un estudio matemático que relacionaba las variables “dinero”, “clima”, “motivación”, y calculando los días que la mente humana podía vivir de la ilusión navideña, parecía que ese día, 19 de enero, lunes, tocaba estar triste como nunca. Lo cierto es que llovía y el cielo parecía pintado con carboncillo. Allá donde miraba veía carteles anunciando el “Blue Monday”, hologramas de emoticonos tristes danzando por la Gran Vía avisaban de las precauciones que había que tomar: 24 horas de tristeza podrían llevar a la sociedad al caos. Había colas en las puertas de las farmacias, la gente temía el desastre emocional y aumentaba sus dosis normales de Prozac. Pensé durante un momento como podía vivir la gente en el pasado cuando las ventas eran limitadas. Mi padre siempre me hablaba de lo afortunado que era por tener acceso a la felicidad de manera tan sencilla. Antes aparentemente costaba años de terapia. Yo siempre le decía que se imaginara él lo afortunado que era por poder coger aviones y estar rápidamente dónde deseara que antiguamente la gente caminaba y se pasaba meses para llegar a su destino. Me adulaba por mis metáforas. Lo cierto es que siempre quise estudiar historia. Me parecía un trabajo de espía del pasado. Había tanta información perdida por el paso de los años… todo estaba simplificado y era difícil tener un pensamiento crítico sobre los sucesos supuestamente reales. "Te enseñan lo que quieren que veas". Esto me lo decía mi profe de historia del instituto, Ramoncete, todo el mundo le criticaba, se rumoreaba que había estado preso. A mí me caía bien.

Caminé hasta el Museo de Arte digital, allí tenía que girar a la izquierda y en unos minutos estaría en la escuela. Justo antes de cruzar la calle, en la esquina del museo, vi a una chica de pelo azul que recogía incesantemente algo del suelo. No sabía qué exactamente. Tenía curiosidad así que me acerqué. A primera hora tenía Técnicas computacionales, era un coñazo y podía esperar, además era Blue Monday, era un día especial para poder saltarme un poco la norma. Total, deprimirme me iba a deprimir igual.
Al acercarme me di cuenta de que no recogía nada del suelo. Sólo se agachaba una y otra vez estirando la mano. Era como si quisiera guardar aire en sus bolsillos.

-       Hola. ¿Estás bien? – le dije tímidamente.

Tardó unos segundos en responder. Siguió con lo suyo, pero al ver que yo seguía ahí parado se dio la vuelta y me miró directamente a los ojos. Tenía un iris común, marrón, pero los bordes eran negros y su mirada quemaba como el magma volcánico. Me asusté.

-       Me imagino que, en realidad, te importa una mierda si estoy o no estoy bien. De hecho opino que ni siquiera tienes claro el concepto de “bien”, y aún teniéndolo claro ni siquiera ese concepto cobra sentido en la frase que me formulas. Supongo también que lo que realmente te mata de curiosidad es entender porqué estoy actuando de una manera extraña para ti. Simplemente te has acercado para matar tu propia curiosidad, así que no formules preguntas como dando a entender que tienes algún tipo de preocupación por mi bienestar. No nos conocemos de nada así que si hoy mismo muero tu vida sería exactamente igual de mediocre que ayer.

Sus palabras entraron en mi oído como una fuerte ráfaga de aire que te deja sordo y con un pitido final. Tarde unos momentos en recomponerme. Lo curioso es que tenía razón. Quería salir glorioso de ese encuentro, quería ganarle el juego. Desvié la mirada que ya me estaba quemando la retina, respiré hondo.

Quizás te gustaría acabar con mi curiosidad y decirme el porqué de este comportamiento extraño.

- ¿Por qué debería hacerlo?

Porque soy el único que te lo ha preguntado. Mira toda la gente a tu alrededor, están tan angustiados por el Blue Monday que evitan el contacto visual para no deshacerse en pedazos. Corren a resguardarse de la lluvia. No les importa lo más mínimo lo que haces. – Esbocé la sonrisa del ganador, esa que sólo levanta ligeramente las comisuras de los labios.

Esta vez fue ella la que me retiró la mirada. Se tomó su tiempo. Dio un par de patadas al suelo, se mordió el labio inferior. Con su mano derecha se arrancó un pedacito de pellejo del labio, este comenzó a sangrar ligeramente. Succionó el líquido que ya se deslizaba hacia la barbilla. Entonces me clavó los ojos. Sentí como mi retina se resentía. Era una bomba atómica en un vaso de chupito.

-   Está bien, ven conmigo.

La seguí por las callejuelas del Raval, nuestros abrigos estaban cada vez más mojados. Mi pelo chorreaba, y la humedad me calaba los huesos. Se detuvo en una cafetería que yo conocía bien, me gustaba ir allí a tomar al café después de las clases. Me gustaba porque casi nunca había nadie. En las paredes se podía leer el paso de los años, era una auténtica porquería con encanto. Nos sentamos en la esquina, la mesa al lado de la ventana claro, de esa manera el cristal se convertía en un escudo perfecto, entre la lluvia, la tristeza, la soledad humana, y nosotros: dos desconocidos resguardándonos en un sitio recóndito embriagados por la sensación de haber rasgado la rutina y creado una fístula en la línea recta de acontecimientos de nuestras vidas. 

Ella habló primero.

-     Me suicidé hace diez años. No fue un suicidio clásico… simplemente vendí mi memoria a la ciencia. Todos mis recuerdos quedaron grabados en enormes máquinas. Ahora mismo no tengo muy claro quién soy. Es como reiniciar un disco duro. Buscó la verdad como una condenada. En las motas de polvo, en las partículas de aire, en el cuello de las camisas, en los suspiros, en las carcajadas, en las lágrimas. Busco la verdad… y cuando encuentre algo puro y sincero ya estaré preparada para entregar mi cuerpo también, y desaparecer para siempre de este mundo de plástico.

Me quedé atónito. Temía encajar mal sus palabras. Estaba frente a una de esas suicidas de las que me habían hablado en clase. Ellos simplemente cedían sus recuerdos a grandes empresas neurológicas, a productoras de cine, a estudios de mercado: vendían sus historias. Ella había decidido hacerlo para recibir una moneda de cambio: verdad.

-     ¿Por qué escoges “la verdad” por “la vida” y no “la verdad” en la vida?

Porque son incompatibles. O escoges buscar la verdad, o vivir sin ella. Sino no sobrevives. Con el tiempo me di cuenta de que mi sino era buscar la verdad, y compartirla. Probablemente escriba algo antes de irme para siempre: narraré todas esas motas de verdad que he encontrado, todas las historias en las que he nadado, he imaginado, retocado, y que no me he atrevido a vivir por miedo.

¿Por miedo a qué?

Miedo a una sociedad podrida y mohosa, fabricada con plástico fino, que nos controla como engranajes de maquinaria pesada, abduciéndonos el cerebro con pantallas enormes de píxeles carnívoros. - Se tomó unos segundos - Hacía tiempo que no podía respirar aire puro… todo me pesa, me acelera… Tengo la sensación de que todo lo que me rodea es mentira.

Su voz quedó entrecortada, como si un nudo en su garganta no le permitiera emitir más sonidos. De pronto vi una lágrima deslizándose por su mejilla. Tuve la inercia de acariciarle la cara y retirarle la sal que ya le estaba llegando a la boca. Me clavó sus ojos volcánicos y algo dentro de mi se rompió en mil pedazos.


FIN CAPÍTULO 1.
(...)